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14 April EL EXPERIMENTO PARTE III
Los lunes, miércoles y viernes clases de inglés y francés para las relaciones internacionales de la empresa de Jesús. Los sábados siempre hay una fiesta o reunión a la que hay que asistir. Los domingos comida en casa de los padres de él con toda la familia: primos, tíos, críos y perros.
Dos veces en semana, peluquería.
Y luego el Club.
Los martes, tenis.
Los jueves, golf.
Los sábados sin fiesta reuniones de socios.
Por la mañana temprano todos los días una hora de gimnasio.
Reunión con tal.
Café con cual.
Comida con éstos.
Cena con aquellos.
Visitas a los de más allá.
Y de vez en cuando las reuniones, cafés, comidas y cenas las das tú.
Y de vez en cuando las visitas las recibes tú.
Jesús trabaja por las mañanas, tiene almuerzos de trabajo y compromisos por las tardes.
Y tú te encargas de las relaciones con las mujeres de los que se reúnen con él.
Y tú quieres seguir estudiando y persigues tu sueño de trabajar de abogado.
Pero cariño, ¿es que no te basta con todas las citas que tienes? Si apenas te dejan tiempo para descansar. Que cosas tienes, Tess. ¿Es que no tienes bastante? Ya sé lo que te ocurre, cariño. Mañana pediré que te aumenten el límite de tus tarjetas de crédito. Anda, duérmete, que estoy muy cansado y mañana tengo que madrugar. Hasta mañana amor mío.
Y él se da la vuelta después de besarte, apaga la luz y se duerme.
Y Teresa se da la vuelta y mira las gafas de Giorgio Armani, las llaves de su nuevo Alfa-Romeo y su guardarropa que parece es escaparate de una tienda de Chanel y se dice bueno, no me puedo quejar.
Y deja de tener sus propios sueños.
Y comienza a servir solo de soporte para los sueños de él.
Estaba segura. Sabía que los destrozavidas contemplativas acabarían con ella.
Teresa tiene ahora más tiempo para ella. Todas las tardes puede ver la tele, ir de compras y adquirir todo lo que quiera. Lo compra todo en El Corte Inglés (y lo paga con tarjeta). Pasa los veranos en la playa y... Ha de medir a cada minuto sus palabras, sus movimientos. Su adoradísima suegra (santo cielo, cómo odio a esa mujer si es que a eso se le puede llamar mujer) pasa revista a su ropa, a sus cosas, su maquillaje, su perfume, sus pendientes, sus complementos...
La molesta a cada instante impidiendo que pueda dedicarse a determinadas actividades impropias de alguien perteneciente a la familia de Jesús, lo cual me lleva a la conclusión de que no tiene tanto tiempo libre como en un principio pueda parecer.
Repugnante.
A mí estas cosas me dan grima. Si es que no hay mas que ver a la pobre Teresa. La han dejado para reciclar. Da asco. Ya no es ni su propia sombra.
Bueno, no sé de lo que me quejo. Esto es lo que yo quería. Demostrar como unos cuantos destrozavidas contemplativas pueden hacer precisamente eso, destrozar una vida contemplativa y dejar a los amantes de ésta que no sirven ni para comer pipas.
Pero mi venganza será terrible. Algún día sabréis de mí, porque a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre aunque para ello tenga que robar y matar o mendigar o acertar la Primitiva.
Y como mi venganza va ser cruel y yo ya no tengo hambre, veamos como les va a mis pobres ratoncitos.
Digamos que ya han pasado dos años desde la boda. Son las diez de la mañana de un día cualquiera. Teresa abre la puerta y entra en casa. Acaba de venir de la peluquería. Tiene un pomposo recogido de pelo y un abundante maquillaje porque esta noche tiene que asistir a una cena. Sube las escaleras y se dirige a su dormitorio. Abre la puerta del armario y se dispone a buscar el vestido adecuado.
Al mover las perchas encuentra el viejo vestido negro de la cita con Jesús.
Cielos, cuánto tiempo lleva aquí.
Lo saca y se lo pone encima. Se mira al espejo y...
¿Quién es esa mujer que me mira desde el otro lado del espejo? No soy yo. No puedo ser yo.
Suelta el vestido y se lleva las manos a la cara. No, claro que no soy yo. Yo siempre quise ser abogado. Hacer la judicatura y ahora... Solo soy una mujer que se preocupa de su aspecto y de lo que los demás piensan de ella.
Apenas salgo a divertirme. Solo voy a pesados cocktails, a la peluquería, de compras, al club. De vez en cuando, obras benéficas y... Mi vida no es lo que yo quería.
Y ahí se queda, sentada en la cama delante del espejo, pensando en qué se ha equivocado y en qué es lo que hay que corregir.
Ya está. Eliminar tanta peluquería y reducir el tiempo en el gimnasio. Menos tenis y se acabó el golf (odia las largas partidas y paseos para hacer esos malditos 18 hoyos) y desde luego menos tiempo en el club. Irá de vez en cuando sólo para no dejar a su marido. Fuera tantas compras y menos comidas y cafés con insoportables señoras.
Y sobre todo, matricularse en 3º de derecho en la UNED. Aun hay tiempo, está a finales de marzo. En junio hará la preinscripción. Y esta vez no admitirá que Jesús aumente el límite de la tarjeta.
Bien por ella y voto a tal que jamás lograrán aplastarnos.
Dan las dos. Jesús entra en casa. Una especie de “Vilma, ábreme la puerta”
Teresa espera a que suba.
- Que pasa, Tess. ¿No me has oído llegar?
- Si, te he oído perfectamente. Tengo que hablar contigo.
- Qué se te ha antojado ahora. - Él revolotea por la casa haciendo cosas sin darle importancia al asunto y mucho menos a ella. Mientras, Teresa le va siguiendo.
- Bueno, he estado pensando y me gustaría dejar algunas cosas y volver a la universidad.
- Vaya, ¿es que ya no eres feliz? Eso es imposible. Volver a estudiar. Y luego querrás ponerte a trabajar. Eso es una tontería. Yo necesito que sigas con lo que haces, que lo haces muy bien. Si te pones a trabajar, apenas te veré. Además, no necesitamos otro sueldo, no hace falta que tú tengas que matarte a trabajar. ¡Qué cosas tienes, Tess! ¡Qué cosas tienes!
Y Tess se queda ahí plantada.
Ahora lo ve todo claro. Está condenada a vivir como objeto de decoración del brazo de Jesús. Se va detrás de él.
- Pienso renunciar a algunas cosas, a algunos compromisos. Y voy a matricularme.
- ¿Renunciar? Seguir tu amistad con Inma te ha llenado la cabeza de pájaros. Deberías pensar en lo que te vas a poner esta noche.
- Pero es que yo quiero...
- ¡Santo cielo, Tess! Tengo demasiados problemas para ocuparme de tus tonterías. No me calientes la cabeza.
- Tonterías.
Se le cae la venda de los ojos. Él y todos los que son como él solo piensan en sí mismos.
Y tú no importa, tus sueños no importan.
Ella se da media vuelta y sube al dormitorio. Se sienta encima de la cama. Piensa demasiado deprisa. ¿Qué hacer?, ¿qué hacer?
El vestido negro está aun en el suelo. Lo mira y sonríe.
Se levanta y camina lentamente hacia la mesilla.
Abre el cajón superior y, allá, en el fondo, encuentra unas llaves. Las coge. Y también el vestido. Busca un par de cosas más. Baja las escaleras y va a ver a su marido.
¡Que momento más solemne!
- Me voy - dice ella.
Bien - contesta él. - Cierra con llave al salir y no tardes mucho.
Tess sonríe.
Perdón.
Es Teresa la que sonríe.
- Creo, querido, que tardaré bastante.
Y se va.
Y él se sienta en el despacho como si tal cosa. Este hombre me desespera. Me ataca los nervios.
Hola, hay alguien en casa o el serrín está a solas.
Está a dos milímetros escasos del divorcio y a su lado Pitufo Tontín es Doctor en Física por la universidad de Oxford.
Esto es pitufante, Papa Pitufo. Pero me gustaría más ver la cara de Mama Pitufa cuando vea que Pitufina ha dejado a Pitufo Tontín más plantado que una margarita, con tiesto incluido. Bah, ya se encargará mi querida Regina de regar la maceta.
Mientras, Teresa está en la parada del autobús. Se ha quitado las horquillas y se ha soltado el pelo. Se quitará el maquillaje en cuanto llegue a su casa. Su verdadera casa, donde apenas tarda una hora en llegar. Sube lentamente las escaleras pisando en cada escalón un recuerdo de su vida anterior. Abre la puerta y le asalta un terrible olor a cerrado. El apartamento está a oscuras.
Teresa cierra la puerta y a tientas comienza a abrir las ventanas. Una a una. La luz y el aire fresco comienzan a invadirlo todo a la vez que ella mira por la ventana recordando las antiguas vistas.
El paisaje parece haber cambiado. La tienda de la esquina se ha convertido en una de animales que ofrece en sus escaparates jaulas con pájaros de vistosos colores, mullidos hámsters como copos de algodón, gatitos ronroneantes y cachorrillos de séter irlandés parecidos a bolitas de caramelo. También hay una repugnante serpiente a la que Teresa no puede evitar encontrarle parecido con Regina (comparación que a mí me parece demasiado suave).
Respira profundamente y se da media vuelta aunque continua apoyada en la ventana. Observa lentamente los muebles cubiertos por sábanas blancas, la alfombra llena de polvo, el teléfono desconectado. Nota un pequeño acceso de flaqueza y las lágrimas comienzan a rodar por su mejilla. De pronto los sollozos se apoderan de ella y cae de rodillas al suelo mientras se pregunta por qué tiene esto que acabar así, por qué ha tomado el camino fácil. Abandonarlo todo y huir en lugar de quedarse y plantarle cara a todo para intentar solucionarlo, tal y como Fredrika le plantó cara a su madre después de deshacerse del abrigo verde.
Jesús está sentado en el despacho, sumergido entre varios papeles. Dan las seis en el reloj y se levanta. El tiempo de ducharse y vestirse para salir de casa a las siete y llegar a casa de Jorge a las ocho.
Es extraño, pero no ha oído entrar a Tess. Tal vez haya vuelto ya y no le ha dicho nada al verle trabajando.
Es raro.
No se oye la tele ni la cadena. Tal vez la ducha. No, tampoco.
- Tess - la llama. Nadie contesta. - Tess - repite. Nada.
Sube al piso de arriba y vuelve a repetir la llamada. Sigue sin contestar.
Entra en todos los cuartos de baño, en todas las habitaciones. Baja a la otra planta de la casa. Pero tampoco hay nada.
Sale al jardín. Nada.
Ni en la piscina.
Ni en el columpio.
Ni en la terraza de arriba.
Ni en la cocina.
Ni en el cenador.
Ni en el porche.
Ni en el jardín delantero.
Ni en el garaje.
Ni en la buhardilla.
Enfadado mira el reloj. Maldita sea, ¿dónde se ha metido? Llegarán tarde.
Va a su cuarto a sacar el smoking pero no llega a hacerlo. Se queda petrificado al observar más detenidamente que antes la habitación. El armario está abierto y el cajón de la mesilla también. Encima del tocador está su cartera abierta con todas las tarjetas de crédito. Solo faltan el carnet de identidad, el de conducir y la tarjeta del Insalud. Al lado las llaves del Alfa-Romeo y la carpeta con las cartillas bancarias y chequeras. No está la de la cuenta que tenía cuando era soltera.
Y junto a todo esto, lo peor.
Jesús siente un nudo en la garganta. Una punzada en el corazón. Ahora lo entiende todo.
Ahí están la alianza y el anillo de la esmeralda con la inscripción de pedida.
Su mundo se va a pique. Se sienta en el tocador y apoya la cabeza en su brazo. Y se queda así hasta las tres de la madrugada...
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