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    14 April

    EL EXPERIMENTO PARTE II

     

    Dan las cinco en el reloj de pared del apartamento de Teresa. Golfo descansa encima del sofá mientras ella revuelve su armario en busca de la ropa perfecta para tal evento.

     

    Mientras, Jesús trata de despedir en “La Vaca Argentina” a dos comerciantes iraníes. Sonríe falsamente a la vez que disimulando mira el reloj, preguntándose cuándo demonios le van a dejar en paz.

     

    Cinco y cuarto. Teresa no termina de decidirse y Jesús, carretera de Valencia adelante, tiene el tiempo justo de llegar a su chalet en Rivas-Vaciamadrid para ducharse y arreglarse.

     

    Seis y diez. Teresa espera impaciente perfectamente arreglada con un veraniego y escotado vestido negro que le sienta envidiablemente (suerte que tiene, no como una). Jesús tamborilea nerviosamente en el volante. Como siempre, hay un enorme atasco de entrada en Santa Eugenia. “¡Dios mío!” piensa para sí mismo. “Seguro que cuando llegue me va a dar con la puerta en las narices”.

     

    Siete menos cuarto. ¡Ding dong! El timbre de la puerta. Por fin.

     

    Teresa abre la puerta y solo ve un enorme ramo de rosas rojas. De detrás de él sale Jesús que, anonadado por la exuberante apariencia de Teresa solamente acierta a decir: “Lo siento”.

     

    Sentir que, en que universo estoy. Teresa es incapaz de reaccionar. No le recordaba tan apuesto y las rosas son tan... que apenas puede hacer otra cosa que no sea sonreír.

     

    Llegan las disculpas por la tardanza y el consabido no tiene importancia aunque estés deseando matarles. Cómo se ha portado mi perro; no me ha dado guerra; te agradezco que te hayas hecho cargo de él; ha sido un placer si necesitas que lo haga otra vez no me importará hacerlo; muchísimas gracias; adiós.

     

    Sin saber como, Teresa se ve sujetando las rosas y diciendo mierda con la puerta cerrada y Jesús sujetando a Golfo mientras se autollama imbécil bajando las escaleras.

     

    ¡Estos dos son un caso!

     

    Por suerte, él se arrepiente tras bajar cinco o seis escalones. Llama a la puerta y, cuando Teresa algo deprimida y extrañada abre, él exclama:

     

    - Verás, no tengo nada que hacer esta tarde y me preguntaba que si tú tampoco pues tal vez...

     

    - Cojo mi bolso y las llaves. Pero, ¿qué hacemos con él? - Con la misma sonrisa estúpida de él, ella señala al animal.

     

    - Oh, bueno. Podemos dejarles aquí y yo podría subir luego a por él.

     

    Ésta es la excusa más tonta para tomar la última copa que he oído en mi vida. Espero que a lo largo del experimento estos dos idiotas tengan mejores ideas, por que, si no, puedo aburrirme mucho más que si dejo de escribir ahora mismo y me voy a la ducha, cosa que, por la hora que es, debería haber hecho hace bastante tiempo.

     

    Así que la situación es la siguiente: ambos pasean tranquilamente por el Parque Juan Carlos I (no había otro mas lejos, con lo majo que es el Retiro) hablando cada uno de sí mismo. Se montan de nuevo en el coche sin para de hablar y se largan a la cola de la sesión de la diez de un cine para ver, por enésima vez para Teresa, “La Bella y la Bestia”, de Walt Disney.

     

    Aquí hay algo que no me cuadra. ¡Un destrozavidas contemplativas va a tragarse una película de Disney! Mi experimente no va como cabría esperar. Se supone que deberían haber ido a ver una película más... llamémosla adulta, no una historia pastel apta solo para personas muy, muy, muy amantes de la fantasía y la imaginación. Desde luego no para un ejecutivo con teléfono en el coche y fax, como reza la canción de Sabina, que piensa que los amantes de la vida contemplativa pierden estúpidamente el tiempo, a no ser que sean renombrados escritores premio Cervantes con una engrosada cuenta bancaria y formando parte del acervo cultural.

     

    Para Jesús esta película en otra parte de su vida tendría tanto interés como para mí un volumen de Química Cuántica. Según esto, aun hay esperanza para los destrozavidas contemplativas. Tal vez mi experimento tenga mejores resultados de los que yo preveía a su comienzo.

     

    Aun hay esperanza para el mundo si  un destrozavidas contemplativas es capaz de sentarse una tarde en un cine a ver “La Bella y la Bestia” y a comer palomitas de maíz.

     

    Mis conclusiones me llevan a pensar que o el mundo se está volviendo loco o Jesús se ha enamorados.

     

    La película va avanzando lentamente y yo, como observadora imparcial, veo como Jesús está más atento a lo que hace Teresa que al argumento. Ella de vez en cuando le va explicando cosas porque, desde el primer momento le ha reconocido como destrozavidas contemplativas y sabe que hasta un argumento tan simple como la historia de un hechizo mágico puede ser bastante difícil de entender para alguien como él.

     

    Dice eso porque se piensa demasiado intelectual para la gente de ese pueblo y sobre todo para Gastón; la bestia se comporta así porque ha perdido toda esperanza; las figuras tiemblan porque le tienen miedo aunque saben que si no dan a Bella de cenar pueden perder toda oportunidad; ¿ves? en el fondo tiene buen corazón, si no, no la salvaría de los lobos; le enseña la biblioteca para llegarle al corazón; echa de menos a su padre y por eso se va; enseña el espejo para salvar a su padre; deja entrar a los habitantes del pueblo porque cree que ella no le ama y no le importa morir, pero ella si le ama...

     

    Jesús asiente sin inmutarse a las interrupciones de ella mientras mastica palomitas en silencio.

     

    Este hombre acaba conmigo. Come palomitas de una en una y además con cuidado. Todo el mundo sabe que sólo hay una forma de  comerse las palomitas delante de una película, cogiéndolas a puñados y metiéndolas en la boca de tres en tres. Tal y como lo hace Teresa.

     

    La película se termina y se encienden las luces. Un desfile de zombies que abandonan el local (como dice Mecano) inundan las puertas mientras Teresa estira los pliegues de su falda y Jesús retira restos de palomitas de su impecable traje.

     

    Para vomitar. Principios de Julio y él aun lleva traje de chaqueta y camisa de manga larga. Y que decir de su perfecto nudo de corbata apretado hasta el máximo y con el último botón de la camisa abrochado. Esto hace ver lógico que se esté siempre quejando del calor que hace y que esté pensando en hacer como Gala y empezar a utilizar abanico. Teresa ya lo hace. El que lleva hoy es negro, como su vestido, con las varillas caladas.

     

    Ella es todo lo contrario a él. Imprevisible y le horrorizan los convencionalismos. Detesta llevar algo sólo porque sea elegante aunque uno tenga que asfixiarse en verano o pasar frío en invierno. ¿Cómo dos personas tan diferentes pueden haber sufrido... un flechazo? Sólo y exclusivamente porque ha sido solo eso, un simple flechazo. Si hubieran llegado a intimar antes seguro que habrían acabado cada uno por su lado.

     

    Pero no ha sido así.

     

    En estos momentos ambos miran desesperados el reloj deseando con todas sus fuerzas estirar el tiempo lo máximo posible.

     

    Teresa hace bailar su mirada de su reloj de pulsera al del coche. Bueno, se dice, después de todo aun tiene que subir a por el perro y tal vez allí pueda preguntarle si tiene algo que hacer el próximo viernes. Es una lástima, se dice él, que ella conozca tan bien Madrid porque si no la llevaría dando un rodeo. Si tuviera la suerte de tardar en encontrar un sitio para aparcar... pero que demonios, no hace falta que intente alargar la tarde, con preguntarle si quiere comer conmigo mañana, asunto arreglado.

     

    Suben lentamente las escaleras conversando sobre trivialidades. Ella saca las llaves y abre la puerta. Golfo se levanta y moviendo el rabo empieza a corretear y saltar a su alrededor. A duras penas logran ponerle el collar.

     

    - Ha sido una tarde estupenda - dice ella.

     

    - Sí, estupenda de veras. La película... la película me pareció estupenda - dice él.

     

    - Me alegro.

     

    - Bueno, verás, yo... - ambos hablan a la vez como accionados por un resorte.

     

    - Lo siento. Tú primero - apunta Jesús un tanto decepcionado.

     

    - No, tú - susurra Teresa con el mismo tono de desilusión.

     

    - Verás, yo pensaba, se me ocurrió que... - Jesús titubea un poco - ya que lo hemos pasado tan bien, tal vez querrías, te gustaría... ¿quieres comer conmigo mañana? Si no aceptas lo entenderé y no volveré a preguntarte... - se le ve visiblemente nervioso. No para de mover las manos y seguro que su nivel de adrenalina y su presión arterial están por las nubes.

     

    - Me encantaría.

     

    - ¿Qué? ¿Es eso un sí?

     

    - ¿Acaso pensabas que iba a rechazarte? Yo misma estaba a punto de preguntarte si tenías algún plan para el viernes por la tarde.

     

    Ultiman detalles sobre la cita del día siguiente y en la actitud de Jesús se ve claramente que no desea irse. Camina remoloneando y cualquier excusa es buena para esperarse cinco minutos más...

     

    Tras largo rato, la puerta se cierra.

     

    Por un lado Teresa está a punto de gritar “bien” pero se contiene por si él puede escucharla. Se contenta con sonreír y dirigirse hacia la ducha bailando un imaginario vals.

     

    Del otro lado Jesús baja saltando las escaleras y silbando alegremente. Una viejecita que sube se le queda mirando mientras él con una reverencia le da las buenas noches. La pobre mujer continua escandalizada pensando en cuánto loco suelto anda por Madrid.

     

    Y yo digo que el experimento está fracasando (dependiendo de cómo se mire, claro) ya que lo último que yo preveía era que el destrozavidas contemplativas acabara comportándose como un amante de la vida contemplativa. Eso me demuestra que los amantes tienen mucha mas fuerza de la que yo pensaba. ¡Bien por nosotros!

     

    La comida acaba igual que la cita anterior y que las que tienen en las tres semanas siguientes, con aburridas conversaciones que hacen que ya se conozcan el uno al otro de pe a pa, y con una entrecortada y nerviosa proposición para otro día.

     

    Llego a la conclusión de que esto es muy largo. Uno de los nuestros la habría besado por lo menos en la segunda cita y tal vez en la cuarta o quinta ya serían pareja formal.

     

    Pero Jesús no. Es demasiado tímido. Hasta Teresa está pensando en besarle ella e incluso violarle en la parte trasera del Mercedes. A lo que lleva la desesperación. Es que este hombre acaba con la paciencia del mayor santo. A estas alturas hasta uno de los suyos la tendría ya como pareja de hecho. O compañera sentimental, que queda mas fino. Un caso.

     

    Sin embargo, la cita de esta noche va a ser diferente.

     

    Encima de la cama de ella reposa un vestido de terciopelo negro sin mangas ni tirantes con falda de vuelo por encima de la rodilla. En el suelo los zapatos negros de tacón y adornos de pedrería que, a juego con el bolso que está en el salón con el chal de raso, llevó en la boda de su hermana.

     

    Ha sido una suerte encontrar ese vestido tan rebajado. Con él se ha pulido las quince que cobró la semana pasada por cuidar a esos insoportables gemelos y las tres de la hora extra del sábado. Pero vale la pena. Hoy Jesús va a llevarla a cenar a un buen restaurante y, después, a la ópera.

     

    Está bastante nerviosa porque nunca ha estado en la ópera y menos con gente tan encopetada y sinceramente tan ridícula como la que va a asistir esta noche. Además, si en la cena hay cava, tal vez consiga emborrachar a Jesús y que la bese de una condenada vez.

     

    Jesús también está muy nervioso, y no atina con la maldita corbata del smoking. Tarda bastante en conseguir un lazo perfecto, cepilla la chaqueta y, poniéndosela, se mira en el espejo del armario. Impecable. Todo está correctamente. La corbata en su sitio, los gemelos bien puestos, “eso” en su bolsillo... Esta noche todo ha de salir perfecto.

     

    Coge el Mercedes y llega a casa de Teresa. Ella está ya esperando en la calle de puntillas mirando impaciente a ambos lados, suspirando por ver aparecer el coche de él.

     

    Está preciosa esta noche. Mas que nunca.

     

    ¿Qué más se puede pedir? Él está guapísimo, se baja del coche, le ofrece un ramo de rosas y le pregunta:

     

    - ¿Subes al carruaje, princesa?

     

    Ah, así que el también ha visto Grease.

     

    El coche estaciona en la puerta del restaurante. Jesús sale y, abriendo la puerta de Teresa, le ofrece galantemente su brazo y la lleva hasta la entrada.

     

    El ambiente del local es exquisito. Les recibe el maitre que, educadamente, les conduce hasta una de sus mejores mesas. Ayuda a sentar a Teresa, como si la pobrecita no supiera o no pudiera hacerlo, y les tiende la carta.

     

    Embobado, Jesús la mira mientras le pregunta:

     

    - ¿Que deseas tomar?

     

    Ella revolotea con los ojos de plato en plato de la carta. Cuanto desearía que su amiga Inma estuviese en su lugar. No puede decidirse. Tiene miedo de no pedir lo correcto o incluso llegar a arruinar a Jesús. Finalmente, azorada, le habla en voz baja:

     

    - Será mejor que elijas tú, yo no puedo decidirme.

     

    Él sonríe tiernamente y dirigiéndose al camarero ordena la cena. Nada demasiado ostentoso, no desea abrumar a la pobre Teresa, que disimula muy bien que ya lo está.

     

    SE vuelve a mirarla y, sorprendido, observa todos sus movimientos. Parecen suaves, casi sutiles. Como si ella hubiera estado haciéndolos cada noche desde el principio de los tiempos.

     

    Creo que es eso lo que le atrae de Teresa, su capacidad de adaptarse a un ambiente como si siempre hubiera formado parte de él. Podría estar igualmente en un baile de embajada o en una carrera de galgos y nunca estaría fuera de lugar.

     

    En cierto modo Jesús respira aliviado, porque dos mesas más allá están unos amigo suyos que no les quitan la vista de encima. Le están poniendo demasiado nervioso, aunque, por suerte, tardan tan solo quince minutos en marcharse y dejarle tranquilo. Ahora puede dedicarse a observar los suaves, casi sutiles, naturales movimientos de Teresa.

     

    Llegan los postres y ahora ella no necesita ayuda en su elección. Mientras mira la carta de los postres, no se da cuenta de cómo Jesús retuerce nerviosamente la servilleta y se lleva varias veces la mano al bolsillo interior de su chaqueta, no precisamente para buscar su billetera. Pide lo mismo que ella y espera a que el camarero se marche. Perfecto. Es el momento. Saca del bolsillo una pequeña cajita de terciopelo negro y se la entrega a Teresa.

     

    - Es para ti.

     

    - ¡Por favor, ni siquiera es mi cumpleaños!

     

    Abre la caja y aparece un anillo con una esmeralda rodeada de diamantes.

     

    - Lee la inscripción - apunta él nerviosamente.

     

    - A ver. Aquí pone “¿Quieres casarte conmigo?”

     

    Teresa mira a Jesús anonadada y él pregunta:

     

    - ¿Que me contestas?

     

    - Que sí.

     

    Él sonríe y ella toma su mano sonriendo también.

     

    ¡Tolón, tolón! Suenan campanas de boda y yo me froto las manos. El experimento está donde yo quería.

     

    Sin embargo, es triste pensar que si va bien, la vida de estos dos pequeños seres quedará totalmente destrozada.

     

    Ya de por sí la boda no va bien.

     

    La madre de Jesús es una vieja cotorra insoportablemente exigente que se empeña en hacer de la boda de nuestros dos protagonistas la suya propia. La lista de invitados hace parecer la boda de lady Di una reunión desierta y las flores que inundan la enorme mansión familiar de la Moraleja podrían cubrir toda la Comunidad Autónoma de Madrid.

     

    El menú ha sido cuidadosamente elaborado por unos proveedores franceses amigos de Regina, la insoportable madre de Jesús. Consiste en unas cosas realmente complicadas de pronunciar y de describir, mucho más aun de comer. Son ridículamente pequeñas y con un conjunto de sabores indescriptibles e incomibles. ¿Por qué no se ha podido limitar a los langostinos, los entremeses y el asado, como hace todo el mundo?

     

    El pastel de bodas está hecho enteramente de merengue. Y Teresa y yo odiamos el merengue, aunque las dos somos del Real Madrid.

     

    Existen cinco fotógrafos oficiales de la boda y el reportaje en vídeo tiene más cámaras y técnicos que la cobertura de las olimpiadas de Barcelona 92. Allá donde va Teresa, es perseguida por un objetivo.

     

    Mas lo peor de todo es lo del fastidioso vestido de la bisabuela con el que se ha casado prácticamente toda la familia y que tiene tantos años que Teresa teme que se desintegre al estornudar. El corsé torturaría incluso a la mismísima Scarlett O’Hara. ¡Con lo bonito que era el vestido de la casa Pronovias que había en el escaparate de la Calle Arenal! ¿Acaso tenía algo de malo? El que lleva puesto es tan estrecho que a duras penas cabe en él y la peineta que sujeta los tres metros de velo le está taladrando el cerebro.

     

    Y si por lo menos el discurso del cura sobre el compromiso eterno no fuera tan largo. Un juez habría sido más  conciso, leyendo los dos o tres artículos del Código Civil. Pero no, era más bonito casarse en el jardín de la casa de la Moraleja.

     

    Tras el sí quiero un simple púdico beso en la mejilla y un montón de gente que se avalancha hacia ella. Besos y más besos, felicitaciones y más felicitaciones.

     

    Teresa lo vive todo como si se tratara de un sueño. Y ¿dónde está Jesús? Se ha perdido entre la gente. No. Ahí está, listo para las fotos oficiales con todos los invitados.

     

    Ella no ve la hora de salir de allí mientras que Jesús y su madre consideran aquello como el éxito social de la temporada. Está allí la flor y nata de la sociedad.

     

    Y en una esquina como si de apestados se tratara, todos lo amigos y parientes de Teresa, relegados a un segundo término porque no pertenecen al mismo sitio que los demás invitados y que la familia del novio. Ninguno conduce un cochazo, no viven en un chalet ni presiden empresa alguna.

     

    Un verdadero asco de boda.

     

    Teresa está bastante incómoda. Ve el abismo que existe entre las dos familias y, aunque le cuesta aceptarlo, el que hay entre ella y su marido.

     

    Jesús está disfrutando cada momento del día. Le encanta la abundante decoración florar y el merengue del pastel. Adora atender las felicitaciones y le ha parecido precioso el horrendo jarrón de la tía Marta que no va para nada con el mobiliario del chalecito de Jesús. Si me apuran con nada de este mundo. Vamos, que el mal gusto no va reñido con el tener dinero.

     

    ¿Es que esta maldita boda no va a terminar nunca?

     

    Por suerte parece que ya le va quedando menos. Llega el momento de tirar el ramo. Teresa se pone de espaldas. Cierra los ojos, respira hondo y lo lanza al aire. Se da la vuelta y... fabuloso. Lo agarró la prima Clarisa. Se acabo. No habrá mas bodas en este año para esta familia, porque a esta no la casa ni San Valentín vestido de lagarterana. Teresa mira a Inma. Otra vez será.

     

    Momento solemne. Los novios se cogen del brazo y se dirigen al precioso Mercedes de Jesús adornado para la ocasión. Se suben en él y se van.

     

    Los parientes de la novia hacen lo propio. Seguirán la juerga en otra parte.

     

    Los del novio siguen diciendo que es una chica muy agradable pero, en el fondo, saben que no durará mucho formando parte de esa familia.

     

    Bien, bien, bien, bien.

     

    Por si no lo he dicho, bien.

     

    Comienzo de la vida de casados tras un fin de semana (el trabajo no permite más) de luna de miel.

     

    La misión de Teresa en este matrimonio es de lo más normal, dependiendo de donde se vea. Ha dejado el trabajo en la tienda y su piso está cerrado, pendiente de la decisión de alquiler o venta (yo me lo quedaría, nunca se sabe)

     

    Ha aprobado Civil I en septiembre y desde luego querida es una tontería seguir estudiando puesto que los múltiples compromisos de tu nueva posición social apenas te dejan tiempo para nada. Deja el trabajo para mi hijo. Además, si no piensas ejercer como abogada, cosa que no te hace falta, pues para que quieres un título colgado de la pared...

     

    CONTINUARA

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